—¡Bravo! ¡Bravo!—dijimos todos.
—Hasta luego, hijo mío—murmuró el abate dirigiéndose a mí; y salió a la calle.
—¿Qué le parece a usted este hombre?—le pregunté a Valdés.
—Este es un bandido, éste es un monstruo. Un hombre como éste, que con lo que sabe y con su talento vive tan miserable y tan derrotado, tiene que tener algún vicio muy fuerte y muy innoble.
—No sé; es posible.
—¿Y usted lo va a recibir en su casa?
—Sí.
—Yo, como usted, cuando viniera, tendría la pistola en la mano.