XVIII.
UN HOMBRE DE MALA SUERTE
Efectivamente, al anochecer, el abate se presentó en mi casa. Había encendido yo la chimenea de leña y tenía sobre la mesa una merienda con pan, queso y café con leche.
El abate, después de merendar, se sentó en el único sillón del cuarto, y hablamos largamente. Me contó cómo vivía y cómo le habían engañado comerciantes honrados, robándole a él, pobre hombre sin recursos, sus fórmulas y descubrimientos.
—Soy un loco, hablo demasiado—me dijo—; expongo mis ideas, mis conocimientos, y esto produce en unos desconfianza y en otros la idea de explotarme. Y así vivo.
Le hablé yo de la curiosidad que había producido en Bayona su paso y de las mil versiones que se habían hecho acerca de la duquesa y de él.
Girovanna sonrió.
—Dígame usted, ¿qué era la duquesa de Catalfano?
—Era una loca.
—¿Y qué pretendía de usted?
—Pretendía que yo le hiciera un elixir, para rejuvenecer, con sangre de niño.