—Ha debido usted de llevar una vida bien azarosa—le dije yo.
—Sí, es verdad; todo el mundo me dice lo mismo viéndome tan decrépito, tan usado.
—¿Y no es verdad?
—En parte, sí. He sido principalmente un hombre de mala suerte... ¿Conoce usted Nápoles?
—No.
—¿Pero habrá usted oído hablar de la Strada de Santa Lucía?
—Sí.
—Pues cerca he nacido yo. Mi padre era herbolario. A pesar de su condición humilde era hombre culto y conocía la literatura, la historia y, sobre todo, la botánica. Eramos varios hermanos; yo, el más pequeño. Mi padre, un buen hombre, había hecho grandes esfuerzos para colocar a sus hijos, y a mí, creyéndome chico listo, me hizo estudiar para cura. Mi padre tenía un hermano frutero en la misma Strada de Santa Lucía, rico, sin hijos, que le ayudaba.
Entré en el Seminario, donde aprendía todo con gran facilidad. Mi ilusión era la carrera eclesiástica; todas mis esperanzas estaban en ella. Era un buen latinista y comenzaba a estudiar el griego. En esto traen al Seminario un profesor de Palermo, un sabio, pero un hombre de costumbres depravadas, y me empieza a perseguir.
¡Oh, era un sucio personaje, desagradable, repugnante! El abate puso una cara de sátiro que contempla a una ninfa.