Una noche lo encuentro en mi cuarto y armamos un escándalo.
Me quejo al director del Seminario; no me hacen caso, y me escapo.
Esto era precisamente cuando entraron los franceses y establecieron en Nápoles la República Partenopea. El pueblo estaba entusiasmado.
El arzobispo Zurlo Capaze anunció desde el púlpito que, días antes, la sangre de San Jenaro se había liquidado. El pueblo se entusiasmó con el milagro y consideró que San Jenaro veía la República con benevolencia.
—¿Usted había oído hablar del milagro de la sangre de San Gennaro?
—No.
—Pero, hombre, ¿dónde ha vivido usted? Pues la sangre de San Gennaro todos los años se liquida...
El abate tomó una expresión alegre e irónica al decir esto.
—Le diré a usted que la supuesta sangre de San Gennaro, que se guarda en dos vasos en la Catedral, es una mezcla de una solución etérea de la ancusa, la Alkanna tinctoria y la Radix alkannæ en sperma ceti, y que se liquida fácilmente al calor de la mano o de un cirio.
Mi padre fué de los entusiastas de la República. A nuestra tienda iba un militar francés, y me convenció de que debía alistarme en el Ejército. Yo estaba dispuesto a ello cuando llegó mayo; entró el cardenal Ruffo en Nápoles; los franceses tuvieron que marcharse y comenzaron las venganzas de los realistas.