Aunque yo era sospechoso, no tenía importancia y me dejaron en paz. Por este tiempo entro en una farmacia y me dedico a estudiar Botánica y Química. La hija del farmacéutico, una chiquilla entonces, fué mi novia.
¡Era una bambina, más bonita, más simpática!
Al hablar de la muchacha, la cara del abate se iluminó, tomó una expresión de entusiasmo, de admiración y de candor.
—El padre era un bruto—siguió diciendo Girovanna—, un estúpido animal, un mascalzone, y la casó a disgusto con un viejo rico. La pobrecilla murió dos años después.
El abate tomó una expresión como si algo muy desagradable y repugnante tuviera delante de los ojos.
—Entristecido con ese matrimonio, estaba decidido a no enamorarme. Por entonces logro entrar de preceptor en una casa rica de Nápoles. Había en la casa una gran biblioteca que me venía muy bien, y una solterona que me perturbaba.
Esta solterona, sabiendo que yo era químico, me pide pomadas y aguas para rejuvenecer. Luego me propone que me escape con ella. Le digo que no. ¿Y qué hace la vieja loca? Dice a su hermano que yo la he querido violentar. El hermano se indigna, y me pega unos cuantos bastonazos, y me echa de su casa.
A Girovanna le brillaron los ojos como si le fueran a echar chispas.
Yo le espero una noche, y le doy una tanda de palos que me pareció suficiente. Tomo un vetturino, voy al puerto y me escapo a Argel.