En Argel me anuncio como médico y botánico, y vivo dos años bien; aprendo el árabe. Uno de los bajás me llama un día, me dice que le dé algo para la frialdad. Le doy una poción sencilla de pimienta, jengibre y nuez vómica, cosa inofensiva; al día siguiente, horas después de tomarla, el bajá tiene una congestión cerebral, y se muere.

Me acusan de envenenador, y echo a correr al puerto sin bagaje ni nada; me meto en un místico, y llego a Génova.

De Génova voy a Suiza; y en Basilea me encuentro con un intrigante, que se hacía llamar el conde de Montgaillard. El conde de Montgaillard me protege y me envía con una carta de recomendación para el general Moreau, a París. Allí le conozco al abate Marchena, que era secretario de Moreau.

En casa de Moreau me dedican a escribir cartas; y un día, al llegar a la oficina, me prenden y me llevan a la prisión del Temple. Estoy tres años encerrado con un bávaro y un fanariota, a los que acusaban de espías y con quienes aprendí el alemán y el griego moderno.

Pensé que quizá no volvería a salir nunca de la prisión, porque los presos políticos durante el Imperio se eternizaban en las cárceles, tuvieran o no culpabilidad, y cuando salían era por el capricho de la policía o porque necesitaban sitio para otros presos.

Al fin nos dejan libres, y voy a Alemania. Estoy en Berlín y en Viena dando lecciones, hasta que se me ofrece una plaza de preceptor en Rusia, en una ciudad cerca de Moscú, en una casa católica. Tenía que decir misa todos los días. Era una obligación para mí desagradable; creía que había dado en el puerto; pero vienen los franceses, saquean la aldea y voy yo huyendo a la buena aventura a Constantinopla; de Constantinopla, a Egipto, y de Egipto, a Italia.

Cambio de nombre, voy a Roma y entro de secretario en casa de un príncipe. Ganaba poco y cumplía mi misión y, al mismo tiempo, estudiaba. Mis estudios despiertan la envidia de un abate rival, y éste me denuncia a la Inquisición, y tengo que escaparme de Roma y marcharme a Nápoles.

Era la época del carbonarismo. Me afilio a una venta carbonaria y me envían a España con el general Pepe. Vivo en Barcelona y en Madrid, me relaciono con el Gobierno liberal y llego a pensar si España será mi patria adoptiva, cuando entran los Cien Mil Hijos de San Luis, y tengo que huír con mis amigos a refugiarme a Gibraltar.

Un absolutista me ofrece su protección si quiero volver a Madrid; pero yo considero que no debo abandonar a mis amigos.

De Gibraltar voy a Londres. Allí vivo con los españoles, y le conozco y trato a Hugo Foscolo, aunque era hombre intratable.