En Londres me encargan varios diccionarios y un atlas de botánica. Paso seis años estudiando y amontonando datos, y, al cabo de este tiempo, se muere el editor, interviene la justicia, y se apoderan de mis manuscritos y de mis estampas.
DE CHARLATÁN
Entonces ya perdí la moral: me entregué a la mala suerte. Todos los emigrados se habían marchado a Francia; yo hice lo mismo. Me recogió un charlatán y me hice, como él, charlatán de plazuela y algo saltimbanqui.
Había perdido mis esperanzas; había llegado a creer que el único ideal del filósofo es tener un rincón donde dormir, protegido de la intemperie, y algo caliente y sustancioso que meter en el estómago.
Eché mi primer discurso en París, en la plaza del Instituto.
Me decidí, pensando que había que ponerse el mundo por montera. Le daré a usted una muestra de mi elocuencia.
Girovanna se engalló y miró a derecha e izquierda.
—Señores—dijo—: muchos de vosotros, por lo menos algunos de vosotros, porque nos ven en la vía pública dirigiéndonos a un concurso popular modesto, aunque culto e ilustrado, nos motejarán de impostores y charlatanes.
Si nos vieran en la sala de este viejo edificio, adornados con medallas y con cintajos, nos tomarían por sabios. Es achaque muy viejo juzgar a la gente por su indumentaria y por sus condecoraciones. No debéis juzgarnos por nuestros trajes, sino por nuestros conocimientos; no antes de oírnos sino después de oírnos.
Un charlatán decía: Mi bálsamo se compone de simples, y mientras haya simples en este pueblo no me iré de él. Aceptemos que haya muchos simples en la vía pública. ¿Pero es que vosotros creéis que son menos simples los que forman el auditorio de las Academias e Institutos? ¿Es que creéis que son menos charlatanes los de los salones que los de las plazuelas? ¿Qué quiere decir charlatán? ¿Me queréis decir? ¿Qué significa esto, sino una palabra despreciativa que se puede emplear contra todos los espíritus originales y de talento?