Charlatán se puede llamar al hombre que marcha a la plaza, al ágora, a convencer a sus semejantes de la verdad que se ha encendido en su alma.

Charlatán se le llamó a Sócrates cuando hablaba de su demonio familiar; charlatán, a Alejandro el Magno cuando se decía hijo de un rayo; charlatán, a Scipión el Africano cuando se tenía inspirado por los dioses; charlatanes, a Pitágoras, a Empédocles, a Mahoma, a Polonio de Tyana, a Alberto el Magno, que hablaban de sombras y de diablos; charlatán, a Bacon, que afirmaba tener una cabeza de acero que hablaba; charlatán, a Miguel Scott, que desde su caverna de Escocia hacía sonar, con una varita mágica, las campanas de Nuestra Señora de París.

Y entre los innovadores, ¿a quién no se le ha motejado de charlatán? Charlatán se le ha llamado a Copérnico, a Paracelso, a Miguel Servet, a Colón, a Watt, a Stephenson...

Y, en fin, señores; si llegara a tanto vuestra obcecación, podríais llamar charlatán, impunemente, a Nuestro Señor Jesucristo...

La cara de Girovanna tomó de pronto un aire de desagrado, y dijo:

—Ya en la pendiente del charlatanismo tuve éxito: aguas maravillosas, elixires de amor y de juventud, filtros de belleza. Mi destino ha sido éste: estudiar... aprender seriamente... no poder llegar a ser nada mas que un histrión.

—Ya ve usted cómo el amigo de usted, que cree que yo debo de tener algún vicio muy grande y muy fuerte, que me empuja a la miseria, se engaña. No se quiere creer ciego al destino; se supone que es, a lo más, tuerto; conmigo ha sido ciego de los dos ojos.

—¿Y nadie le ha querido a usted, abate?

—Nadie... nadie... Sólo aquella pobre bambina...