Los dos frailes encargados de la enseñanza superior en el convento eran el padre Gregorio y el padre Aquilino. El padre Gregorio era hombre simpático, y nos enseñaba Matemáticas. Se desacreditó porque, según se dijo, visitaba a una muchacha del pueblo que acababa de casarse con un zapatero. Una noche el marido sorprendió al fraile en una habitación de su casa. El zapatero era un filósofo, y no dijo nada; cogió las ropas del fraile, interiores y exteriores, se las echó al hombro y fué a casa de su suegra.
—Aquí tiene usted—le dijo—lo que había ahora en la alcoba de su hija—y echó al suelo las ropas del capuchino.
La suegra puso el grito en el cielo, fué al convento, intervino el prior, y llevaron las ropas al padre Gregorio, quien tuvo que marcharse poco después de Vera.
El otro padre, el padre Aquilino, era un bruto muy malhumorado y muy austero que nos zurraba a los chicos como quien varea lana. Yo le tenía un odio profundo; así que, al quemar las tropas liberales el convento y dispersar a los frailes, me alegré muchísimo.
El incendio se verificó cuando pasó por Vera el general Rodil; y yo estuve presenciando cómo salían las llamas de los tejados y celebrándolo. Por este motivo tuve un gran altercado con mi padrastro, que se reprodujo cuando pasó Zuaznavar con una compañía de chapelgorris, y luego cuando vino el general Oráa. Yo tenía entonces diez y seis o diez y siete años. Todo el pueblo estaba escondido a la llegada de las tropas liberales. Yo me presenté y hablé con el mismo Oráa, que era un viejo navarro, de cara de malhumor, pero muy simpático.
Sería esto hacia abril; hacía un tiempo admirable. Oráa me preguntó primero quién era; le dije que era sobrino de Fermín Leguía, y liberal. Luego me pidió detalles sobre la topografía del terreno. Los carlistas estaban enfrente del pueblo, en un alto, que se llama Casherna gaña.
—Vamos a echar a los carlistas de ese monte—me dijo Oráa—. ¿Quieres venir a verlo?
—Si me dan un caballo, sí.
Me monté a caballo y, al lado del general, presencié el combate. Estaba entusiasmado oyendo los tiros. Yo creía que los carlistas se defenderían mejor, y que los nuestros atacarían desde más cerca. Al cabo de unas horas, los carlistas se retiraron. Entre los liberales había muchos muertos, y vi pasar hacia el cementerio diez o doce; entre ellos, me dijeron que estaba un abogado, Goicochea, que mandaba una de las compañías de cazadores de Isabel II.
Esta nueva aventura con Oráa alarmó mi casa; mi padrastro afirmó que acabaría en presidio o en el patíbulo; mi madre me dijo que era mejor que me marchara del pueblo. Al día siguiente iba camino de San Sebastián...