Con estos datos de la infancia creo que se puede componer mi retrato moral. Respecto a lo físico, era alto, fornido, con la cara redonda, los ojos pardos y el pelo negro y ensortijado. Aviraneta me dijo varias veces que me encontraba cierto aire neroniano. Afortunadamente, el parecido con Nerón no pasaba del aspecto.
V.
LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES
A la mañana siguiente de llegar a Bayona salí del hotel y pregunté por la tienda de Antigüedades de Falcón. Estaba en la calle de la Salie.
La calle de la Salie era una calle antigua, con algunas casas góticas, modernizadas, de arcos apuntados, calle de burguesía comerciante, con almacenes profundos y bien surtidos y tiendas abarrotadas de género.
La tienda de Falcón estaba en la planta baja de una casa grande y negra. Se llegaba a ella por unos cuantos escalones, tenía una portada pintada de nogal y un escaparate pequeño, en donde se exhibían un secreter de laca, varios jarrones, abanicos, porcelanas, jarras de cobre, figuritas, objetos de plata y miniaturas.
Dentro, el almacén estaba repleto de muebles, cuadros, estatuas, bordados, y tenía una dependencia interior, más repleta aún, que daba a un patio obscuro.
En medio de la tienda había una mesa de mármol estilo Luis XIV y varios sillones dorados, en los que se sentaban a hacer tertulia algunos parroquianos y amigos.
Era difícil, a primera vista, darse cuenta clara de lo que allí había amontonado, porque cada vez que se entraba se hacía un descubrimiento. Detrás de dos o tres vargueños españoles aparecían relojes ingleses de pared; detrás de un armario, cuadros antiguos, grabados muy perfilados y groseras litografías bárbaramente iluminadas. En las vitrinas se veían camafeos, puños de bastón, fosforeras, tabaqueras y relojes de repetición con esmaltes primorosos.