DOÑA PACA

Doña Francisca González de Falcón era una mujer de treinta y cinco años, gruesa, morena, de ojos negros. Su marido, el señor Falcón, era hombre delgado, fino, que estaba casi siempre fuera, pues viajaba mucho por Francia y por España, andaba por rincones raros y traía cajas con preciosidades. El señor Falcón coleccionaba medallas, y en esta afición ponía todo su entusiasmo.

Los Falcón tenían cuatro hijos, que estaban por entonces en el colegio.

Entré en la tienda de la calle de la Salie y me encontré con doña Paca. Me presenté a ella; me hizo sentar y hablamos. Sabía a lo que yo iba.

—Le conozco a Aviraneta ya hace muchos años y somos muy amigos—me dijo—, pero estamos de acuerdo en no hablar el uno del otro, y cuando nos vemos pasamos por desconocidos.

—Es decir, que con usted no hay que hablar de don Eugenio ante la gente.

—Es lo mejor. A él tampoco le conviene que se hable de adónde va y adónde viene. Aviraneta me ha recomendado a usted. Yo seré la encargada de dirigirle al principio en Bayona, de darle los informes necesarios y el dinero para ir viviendo.

—Muy bien. ¿Puedo venir a la tienda con frecuencia?

—Sí; cuando usted quiera.

—Esto será entretenido.