—Ahora, en el verano, menos, porque la gente se marcha. En otoño es otra cosa. Usted puede venir aquí cuando quiera; oiga usted y entérese usted de lo que le interese. ¿Sabe usted francés?

—Muy poco.

—Pues es conveniente que lo aprenda. Yo conozco a un señor que le dará lecciones muy baratas. Es un profesor: el señor Serret. Vive en la calle de la Platería. Aquí tiene usted sus señas.

—¿Así que yo puedo venir aquí y estarme horas y horas?

—Sí; todas las que usted quiera.

Me despedí de doña Paca y fuí a ver al señor Serret. Era éste un hombre alto, flaco, seco, áspero y severo, con el pelo gris. Tenía la boca recta, dura; vivía retirado y modestamente, con una familia numerosa.

Yo me figuraba que sabía algo de francés, pero, cuando llevé cuatro o cinco lecciones con el profesor, comprendí que no sabía nada.

SARA LA JUDÍA

Al día siguiente, por la tarde, volví a casa de la Falcón. Doña Paca tenía una dependiente, una muchacha judía del barrio de Saint-Esprit, delgada, morena, de aire un poco triste, con los ojos como dos azabaches, la nariz corva, los labios gruesos y el pelo negro, rizado. Esta muchacha se llamaba Sara, hablaba muy bien castellano y era muy inteligente.