En los primeros días, en que no conocía a nadie, fué para mí un gran recurso ir a hablar con ella.
Por la noche, a la hora de cerrar la tienda, solía venir la madre de Sara a acompañarla. Era una vieja judía, gruesa, mal vestida, con los ojos negros e inquietos.
Sara me habló de la vida triste que llevaba en su rincón de Saint-Esprit; el padre, malhumorado e indiferente; la madre, llena de suspicacia por todo, no queriendo que nadie entrase en su casa y cerrando de noche las puertas y ventanas con barras de hierro, como si viviera en un país peligroso.
El hermano de Sara venía también con frecuencia. Era un jorobado, con unas manos largas y delgadas, tipo muy pálido, con aire febril, muy inteligente y muy triste.
Me hubiera dejado llevar por el atractivo de hablar con Sara y la hubiera galanteado, pero comprendí que doña Paca Falcón me espiaba, y esto bastó para no seguir adelante en mis proyectados galanteos.
En frente de la tienda de antigüedades había una camisería, y entre los dependientes, una señorita del mostrador, muy bonita y muy displicente, con la cabeza llena de rizos. Solía venir con frecuencia a casa de doña Paca a cambiar dinero, y yo hablaba con ella, y la acompañé un domingo en los Arcos.
En general, estaba en Bayona aburrido. Contribuía al aburrimiento el calor, que fué grande aquel verano, y el que no hubiera gente en la ciudad, pues todo el mundo distinguido se había marchado a tomar los baños de mar a Biarritz.
Mis únicos recursos de distracción eran el hotel y la tienda de doña Paca. El hotel servía de punto de cita a muchos jefes carlistas, que desde allí marchaban a sus respectivos destinos. Muchas veces me enteraba de lo que decían, porque, como buenos españoles, tenían la costumbre de hablar alto.