En la tienda de la Falcón fuí conociendo a corredoras de alhajas y de muebles, gente de vida muy pintoresca. A una de éstas le llamaban la Condesa. Era una señora alta, esbelta, que debía haber sido muy guapa, pero que estaba ya marchita. Hablaba mucho mejor el francés que el castellano, a pesar de que decía que era española, y tenía grandes conferencias con doña Paca, que la trataba secamente.

Otra de estas corredoras era la señora Hidalgo. La Hidalgo era una vieja gruesa, algo coja, muy ocurrente y muy insinuante, que tenía una conversación divertida y amena. Ella fingía que hacía sus gestiones comerciales de compras y ventas por amistad, por remediar la situación precaria de alguna familia carlista, pero cobraba sus corretajes. Esta mujer vivía con un filólogo, agricultor y libelista, que se llamaba Martínez López. La señora Hidalgo llevaba una cartera grande, como un maletín, donde guardaba una porción de cosas; de allí solía sacar abanicos, fosforeras, relojes, collares, papeles con piedras preciosas, y discutía el precio de estas joyas con doña Paca, diciendo ingeniosidades de cuando en cuando, que hacían reír a todos los que la escuchaban.

Había otros españoles que trabajaban en la casa: un carpintero madrileño, muy hábil para imitar muebles antiguos y hacer falsificaciones, que se llamaba Joaquín García; un cerrajero riojano, Horcajo, que tenía una especialidad semejante en los hierros, y una mujer, Angela, que componía y arreglaba los encajes y tapices rotos y hacía unos zurcidos maravillosos, que apenas se notaban.

Doña Paca Falcón prefería a los españoles para tales menesteres, no por patriotismo, sino porque, aislados como estaban en el pueblo, cobraban menos por sus trabajos.

La primera semana de Bayona me pareció aburridísima. No le veía a Aviraneta ni sabía nada de él.

A los diez o doce días don Eugenio me escribió para que fuera a la fonda de Iturri.


VI.
NUEVAS INSTRUCCIONES

Llegué al anochecer al comedor de la fonda de Iturri y me encontré con Aviraneta.