La vi a esta muchacha entrar y salir en la trastienda de la casa de doña Paca.
—He tratado de sondearla y de que pasara a nuestras filas—me dijo don Eugenio—; pero es imposible. Esta muchacha es fanática carlista y pertenece a la Congregación de San Vicente de Paul. Tengo que variar de plan. La he convidado a comer mañana en Bidegañeche, una fonda de San Pedro de Irube. Iremos ella y yo paseando, y luego tú la llevas en el tílburi de Iturri a su casa.
—Muy bien.
—Galantéala un poco.
—Bueno. ¡Vaya un papel que me quiere usted dar!
—No te costará mucho trabajo. Ya sabemos cómo eres.
Fuí con el tílburi a San Pedro de Irube. Hacía un día de invierno, espléndido. Dejé el cochecito en la cuadra de Bidegañeche y subí al comedor pequeño, que estaba empapelado con un papel que representaba un puerto con sus muelles, sus barcos y sus montes a lo lejos.
Aviraneta me presentó a María Luisa de Taboada.
María Luisa era una mujer de mediana estatura, morena, seca. Tenía el óvalo de la cara muy alargado; la nariz, también larga; los ojos, pequeños, brillantes, muy bonitos; el pelo, negro; la piel, curtida por el sol; la boca, un poco incorrecta, que dejaba al descubierto la dentadura, blanca y fuerte. Nadie hubiera dicho que era bonita, pero tenía atractivo. Había en ella algo de la viveza y de la gracia de la cabra. Su cuerpo era esbelto y bien formado; la mano, chiquita y, a pesar de esto, fuerte; el pie, muy pequeño. Se vestía un tanto caprichosamente, aunque siempre de obscuro. Llevaba corbatas de hombre y sombreros de hombre. Tendría unos veinticinco a veintiséis años. Su padre era gallego y su madre castellana. Ella había heredado de su madre su sequedad y su energía.
Hablando, María Luisa era un poco redicha y recalcaba las palabras con cierta complacencia. Se expresaba de una manera coloreada y pintoresca. A veces hacía gala de su erudición, y sacaba a relucir a Santo Tomás o a San Agustín, y entonces resultaba un poco pedante.