Estas observaciones hice mientras Aviraneta y ella charlaban de política en la comida.
Aviraneta se mostró partidario del bando moderado entre los cristinos, y enemigo mortal de los exaltados. Dijo a María Luisa que los moderados de Isabel II y los de Don Carlos pretendían una misma cosa, y que podrían entenderse, pues los puntos que los dividían apenas tenían importancia.
El casamiento del hijo de Don Carlos con Isabel II podría ser la mejor solución y el término de la guerra, y para prevenir dificultades y celos, si se llegaba a un acuerdo, se extrañaría del Reino al infante Don Carlos y a María Cristina. La realeza o suprema autoridad del Estado residiría mancomunadamente en Isabel y Carlos, como en tiempo de los Reyes Católicos. Se convocarían Cortes, y se daría a la nación una Constitución y un régimen moderados. Para conseguir esto era preciso acabar con los corifeos del bando exaltado de ambos campos.
María Luisa, con la pedantería que tienen las mujeres cuando se ocupan de política, barajó aquellos lugares comunes con entusiasmo. Yo, como había oído muchas veces exponer estas y otras teorías parecidas, oía la conversación como el que oye el rumor de las olas.
Después de la comida preparé el tílburi y ayudé a montar a María Luisa.
Fuimos a ver a San Pedro de Irube, el castillo del Petit-Lisague y la gruta en donde el caballero de Belzunce mató a un terrible dragón, tan cándido y buena persona como todos los dragones.
—¿Y usted no se ocupa de política?—me preguntó María Luisa.
—Yo, no; todo eso me aburre profundamente.
—Usted será un señorito rico que no piensa mas que en divertirse.
—¡Le parece a usted poco! Es muy difícil divertirse.