Había vivido en Francia, en Italia y en España; había seguido con su padre a las tropas de Zumalacárregui, montando a caballo, andando entre breñales y descampados, recibiendo la lluvia y el sol; sabía historias libertinas, que las contaba con mucha gracia, y pasaba de contar estas verduras a hablar de sus ideas religiosas, que en ella se hallaban muy arraigadas.
Era muy devota, y al mismo tiempo, en su conversación, muy atrevida, cándida y maliciosa, intrigante y simple, y siempre muy novelera. Bromeé con ella preguntándole acerca de sus amores en Bayona.
Para ella en Francia no había gente que le interesara. Los franceses le parecían muñecos que no le preocupaban; para ella no había mas que los españoles.
Era un caso de arbitrariedad parecido, aunque contrario al de madama D'Aubignac.
Conocí a una de sus amigas, hija de un coronel carlista, que era una solterona fea y rencorosa, que no podía soportar la importancia de María.
—María Luisa es una loca—me dijo—. Se figura que ha de cumplir grandes misiones en el mundo; sueña con ser una Juana de Arco o una Santa Teresa de Jesús.
—¿Es ambiciosa, entonces?
—Sí, pero sin base. Es muy superficial. No tiene talento alguno. Ha aprendido aquí y allá frases de efecto, y las baraja en la conversación.
—Sin embargo, dicen que Zumalacárregui la consultaba a menudo.
—¡Ca! A su padre; a ella, no. En muchas cartas que Zumalacárregui dirigió a su padre, en donde ponía: Querido amigo, ella cambió las oes en aes y puso: Querida amiga.