—Dicen que el general Villarreal la atiende mucho.

—Si ha sido su querida.

—¡Cree usted!

—Eso dice todo el mundo. Es verdad también que han pensado en casarse, pero él está preso y tísico, y no se pueden casar.

La amiga me dió estos detalles con fruición.

Me enteré de la vida de Villarreal. Entonces el caudillo carlista tendría unos treinta y cinco años. Gozaba fama de hombre valiente, recto y de carácter. Se le consideraba como sencillo, modesto y ordenancista. Debía ser, sin embargo, un fanático, a juzgar por la orden de fusilar al viejo médico don Francisco Manzanares, en Escoriaza, sólo porque éste no tenía ideas religiosas.

Aquellos datos me servirían en mi lucha contra María.

A los pocos días de conocerla estaba casi enamorado de María Luisa; tenía por ella una pasión de vanidad, de amor propio y de algo de rencor.

Mis relaciones con madama Laussat habían sido un amor tan físico, que no me dejaron ningún recuerdo en el espíritu; mis amores con la marquesa Radensky fueron una fantasía vaga y corta, como una borrachera de Champaña; a Corito la seguía queriendo, pero su recuerdo me daba la impresión de algo vago, ideal como celeste.

En cambio, por María Luisa tenía una pasión erótica, de malos instintos, un fondo de rencor, una necesidad de dominarla, de humillarla, y una antipatía profunda por sus inclinaciones, sus ideas y sus amistades. Tenía en esta época una petulancia y una impertinencia donjuanesca. Me creía capaz de todo y de vencer cualquier dificultad que se me presentase. Estaba convencido de que vencería y sometería a María Luisa.