Además, me atraía; había en ella algo ardiente y seco que me gustaba. Era como un paisaje castellano tostado por el sol.

Cuando supe que María Luisa, aceptando la peligrosa comisión que le daba Aviraneta, iba a entrar en España, la dije:

—La voy a acompañar a usted.

—¡Ca!

—Ya verá usted. Pienso hacer su conquista. Tengo que quitar la novia al general Villarreal.

—¡Qué ilusión!

—¿Usted me deja acompañarla?

—Bueno. No tengo inconveniente.

—Usted, naturalmente, no me denunciará a los carlistas. Sería una mala acción.

—Yo no le denunciaré. Usted tampoco intentará intervenir en mis asuntos.