—No, señora.
—Ni intentará ninguna violencia contra mí.
—Ninguna.
María Luisa empezaba a tenerme miedo.
—Nada; iremos juntos. Diré que es usted un pariente mío.
Le agarré la mano.
—Tiene usted una mano fuerte, de hierro. Podría usted estrangular a uno.
—¡Vaya un cumplimiento!
—Es una mano que me enamora.
Se la besé.