—¡Qué estúpido es usted!—exclamó ella.
—Es posible; pero usted me llegará a querer.
—Nunca.
—Tengo la mala suerte de que todo lo que quiero, al fin lo consigo.
—¡Qué alabancioso! ¡Qué tonto!
—Usted lo verá.
—Sí, usted es el emperador, su alteza real.
—No se ría usted todavía; al final veremos quién tenía razón.
Cuando Aviraneta supo mis propósitos de acompañar a María me quiso disuadir del proyecto.