—Deje usted—le contesté yo—; yo creo que habrá algo interesante que ver en ese viaje.

Mi vanidad me hacía creer en esta época que vacilar, abandonar una acción cualquiera por pereza o por blandura de espíritu, era una cobardía indigna de un hombre de acción, de un discípulo de Aviraneta, que con el tiempo tenía que eclipsar a su maestro.

Había tomado como norma de conducta no estar en la indecisión, pesando el pro y el contra de las cosas por hacer, sino decidir, y después de decidir, ya no volver sobre mi acuerdo hasta que un obstáculo fuerte me impidiera seguir adelante, y entonces ver de vencerlo o de soslayarlo, según su importancia.

Una de las cosas que podía llamar sobre mí las sospechas en mi viaje era mi aire de juventud.

Para remediarlo fuí a casa del peluquero y le pregunté si no habría medio de pintarse canas. Le chocó mucho la pregunta e hizo algunas pruebas, hasta que eligió un líquido, que me dió en un frasco.

—No creo que el efecto dure mucho tiempo; tendrá usted que darse cada dos o tres días.

Me miré a un espejo.

—Está muy bien—le dije—. Me envejece lo menos diez años.

—Y además le da a usted un aire muy distinguido.

Me preparé para el viaje. No llevaba mas que algunos billetes de Banco cosidos en distintos puntos de la ropa, un gabán y un impermeable. En el bolsillo del pecho guardaba el frasco de narcótico del abate Girovanna.