Aviraneta dió largas instrucciones a María, escritas con tinta simpática, acerca de lo que tenía que hacer y decir al verse con Maroto y con los generales carlistas del bando exaltado. Le dió también diez onzas de oro para el viaje, que María cosió en el corsé.

A final de enero, con los papeles en regla, María Luisa y yo tomamos la diligencia, bajamos en San Juan de Luz, alquilamos dos caballerías, pasamos por Vera, y llegamos por los montes a Oyarzun, donde dormimos.

El segundo día cruzamos las filas carlistas, y el tercero estábamos en Tolosa.

María Luisa escribió desde allí a don Eugenio diciéndole que la mayoría de la gente con quien hablaba era partidaria de los presos ya libertados de Arciniega. Villarreal no tenía mando aún y esperaba, para obtenerlo, el que el padre Cirilo subiese al Poder.

El 3 de febrero llegamos a Vergara y presenciamos la entrada del Pretendiente. Después fuimos a una misa de gala muy decorativa. En la iglesia, en el sitio de honor, estaban Don Carlos y su hijo, vestidos de uniforme; la duquesa de Beira, con traje de cola muy lujoso, y luego la corte, galones, penachos, plumeros, levitas; el general Uranga; doña Jacinta, la Obispa; la camarista señorita de Arce; el obispo de León, etcétera, etc.

Yo me coloqué al lado de María Luisa, que me indicaba cuándo tenía que arrodillarme y levantarme.

—La verdad es que estaría gracioso que ahora me adelantara yo e intentara dirigir todos estos movimientos místicos y ceremoniosos de la etiqueta cortesana—le dije a María.

—Usted está malo de la cabeza—me contestó ella.

—María Luisa me iba tomando cierto respeto; lo que yo consideraba como un buen síntoma para mis propósitos. Mi petulancia antirreligiosa y antimonárquica y mi manía de impiedad le producían a ella verdadero espanto.

Al salir de la iglesia le dije a María Luisa: