—¡Sabe usted que encuentro a su rey cierto aire de carnero!
—No, pues no tiene usted razón; es un hombre guapo.
—Guapo, no. Por mucho fervor monárquico y borbónico que sea el suyo, no puede usted decir que es guapo. ¡Con esa quijada, y ese labio belfo, y ese aire tristón y ridículo! La verdad es que estos Borbones, desde el punto de vista estético, no valen gran cosa.
—¿Y María Cristina, es mejor?—preguntó ella con sorna.
—¡La excelsa Cristina! Es una italiana guapetona, vasta; pero esta brasileña de ustedes es peor. Chata, fea, disciplente, herpética... Eso es un perro de presa. Yo no la tomaría ni de cocinera.
—¡Ah, claro! Usted, no. Usted necesita una hada, una hurí de Mahoma.
—Ya ve usted que usted me gusta y no es usted ninguna hurí.
—Usted tampoco es muy galante.
—Es verdad; nunca lo he sido.
En Vergara, María Luisa fué a visitar a Maroto y le habló. Maroto parece que le dijo que estaba cansado de ver que el rey favorecía a los enemigos suyos, y que iba a tomar una determinación grave y que haría época.