Corrió por Vergara que entre el Pretendiente y su general en jefe se habían cruzado estas palabras:

—Señor—le había dicho el general—: la irresolución de Su Majestad compromete la autoridad que en mí ha depositado. Si Su Majestad no castiga a los generales y palaciegos que trabajan sediciosamente contra mi honor y mi vida, me veré en el caso de fusilarlos.

—¡De fusilarlos! ¿Te atreverías?

—Me atreveré, aunque Su Majestad después tenga el disgusto de mandar separar mi cabeza de los hombros.

—No lo harás—replicó Don Carlos.

—Eso ya lo veremos—murmuró Maroto al cesar la entrevista.

Aquello fué un desafío entre el rey y el general, y todos los palaciegos se mostraron indignados de la soberbia de Maroto.

Antes de salir de Vergara, María Luisa tuvo una segunda conferencia con el general. A mí no me dijo de qué habían tratado; pero debía de ser de algo grave, porque María Luisa volvió muy preocupada.