III.
EN ESTELLA
Dos días después de llegar a Vergara salimos para Estella en un carricoche roto y desvencijado, con un cochero que cantaba alegremente. Este cochero tenía dos motes a falta de uno: le llamaban Cholín Tripatriste, y era hombre alegre como unas castañuelas.
En el camino hacía frío; yo me quité el gabán y se lo puse en las rodillas a María.
—No quiero; de ninguna manera—me dijo ella.
—Entonces deje usted que nos sirva para los dos.
—Bueno; pero no intente usted aprovecharse.
—¿Es que lo he intentado alguna vez?
—No, no. Es verdad. Lo reconozco; y si abandona usted ese ridículo proyecto de que yo me enamore de usted a la fuerza, seremos buenos amigos.
—No, a la fuerza, no. Yo desplegaré mis recursos en línea de batalla; usted se opondrá a su modo.
—¿Y por qué no ser buenos amigos?