irémonos.

María Luisa y yo hablamos de nuestros amigos y conocidos de Bayona, y ella me contó un sinfín de anécdotas de los carlistas que vivían allí.

El cochero volvió de nuevo a la cachuchita:

Tengo yo una cachuchita

que siempre está suspirando,

y sus ayes y suspiros

se dirigen a Don Carlos.

—Bueno, bueno, Cholín. ¡Basta de cachuchita!—le grité yo con voz estentórea.

—¡Qué bruto es usted!—me dijo María Luisa.

—Gracias.