—Le ha dejado usted al hombre aturdido.
—Es que ese animal no nos dejaba hablar.
Entramos en Estella. Todas las posadas estaban ocupadas. María fué a visitar a la viuda de don Santos Ladrón, que le dió hospedaje, y yo marché, por indicación de Cholín, a la calle de San Nicolás, a casa de una mujer que tenía huéspedes.
La casa de la Martina era una casucha pequeña, con una cuadra, una leñera y la cocina en el piso bajo; una salita y un gabinete, con dos alcobas, en el alto. Este gabinete había sido de un cura y tenía varios armarios llenos de libros religiosos.
En una de las alcobas, en la más grande, dormían un oficial carlista que, según me dijo la dueña, estaba algo enfermo, y un fraile castellano. La alcoba más pequeña me la destinaron a mí.
En el pueblo había una gran agitación. Los soldados de los batallones navarros estaban excitados, y se decía que iba a haber una matanza general de marotistas y de hojalateros.
La plaza solía estar, mañana y tarde, llena de corrillos de apostólicos, a los que llamaban de la vela verde, entre los que se destacaban curas y frailes que peroraban con violencia y con pasión.
Una mañana le vi allí al general Guergué en un grupo de sus partidarios. Era don Juan Antonio Guergué hombre de unos cincuenta años, pequeño, rechoncho, áspero en el hablar. El general Guergué había tenido la humorada de decir a Don Carlos: «Nosotros, los brutos, llevaremos a Su Majestad a Madrid»; y parecía tener empeño en demostrar que no abdicaba de su papel de bruto.
En el corro, al lado de Guergué estaba el oficial de la secretaría de Guerra, don Luis Ibáñez, hombre de confianza de don Juan Antonio, tipo de fanático sombrío, de rostro macilento, con la mirada baja.
El grupo de curas, apostólicos y empleados, escuchaba las palabras de Guergué con gran respeto.