Sonó la oración del mediodía; se descubrieron todos y rezaron.

Luego, un asistente sacó de la posada de la plaza un caballo; montó Guergué y, después de haber lanzado una última bravata, se fué como una exhalación. Iba, según me dijeron, a Legaria, donde vivía.

En estos corros encontré también a Orejón y a Bertache.

Orejón me dijo que existía una conspiración entre los puros, en la que entraban los generales García, Guergué, Sanz y Carmona, el intendente Uriz, el cura de Allegui, don Juan Echeverría; don Ramón Allo, capellán del Estado Mayor General, y otros, todos apostólicos rabiosos y absolutistas puros y netos.

La correspondencia de los generales navarros conjurados con sus amigos del Real pasaba por las manos de dos secretarios del Ministerio de la Guerra, don Florencio Sanz, hermano del general, y don Luis Ibáñez, antiguo secretario de Guergué, que solía aparecer con frecuencia en Estella, y a quien yo había visto días antes.

Entre los generales rebeldes se había pensado en prender a Maroto cuando pasase revista a varias fuerzas destinadas a cruzar el Ebro, y fusilarlo.

—¿Le ha dado a usted instrucciones don Eugenio?—me preguntó Orejón.

—No.

—¡Qué falta!

—Se las ha dado a una señorita que ha venido conmigo, y que se llama María Luisa de Taboada.