—¿Quién es esa señorita?
Le expliqué quién era.
—¿Dónde vive?
—Ha parado en casa de la viuda de don Santos Ladrón.
—Muy bien; la buscaré.
Dejé a Orejón, que me citó para el día siguiente en el mismo sitio, y anduve con Bertache oyendo lo que se decía entre los grupos:
—¡Rediós! No ha de quedar uno de los que quieran transacciones—decía un hombre del pueblo—. A tiros acabaremos con ellos, y no le obedeceremos ni al rey.
—Está probado—saltaba otro—que Maroto es fracmasón; lo ha dicho el general García en el convento de San Francisco.
—Pues otros dicen que Maroto es comunero, que es peor.
—Yo he oído que es carbonario—añadía un tercero—, y esos son los más malos.