—¿Y quién entró el contrabando?

—Parte, su novia.

—¿Gabriela?

—Sí.

—Bueno. Está bien.

El teniente Remacha se puso a pasear por el sótano arriba y abajo, mirándonos a los tres prisioneros y enfureciéndose poco a poco.

La bodega era larga, angosta, con un respiradero en el techo, una mesa vieja y unas barricas amontonadas en el fondo. La iluminaba un candil humeante.

En la mesa había una taza vacía y una botella de aguardiente con una copa.

De cuando en cuando, Remacha bebía.

En esto se oyeron golpes en la puerta de la bodega, dados con la culata de un fusil; abrieron la puerta y apareció un hombre viejo, bizco, amarillento, con la cara picada de viruelas y el traje destrozado.