—¡Remacha!—gritó.

—¿Qué hay?

—A García, a Sanz y a Uriz los acaban de poner en capilla, en la sacristía de la ermita del Puy.

—¿Le habéis avisado a Guergué?

—Sí. Han ido a buscarle a Lagardón, pero no le han encontrado.

—¿Y no han mandado nadie a Legaria?

—No.

El viejo bizco desapareció de la puerta. Remacha comenzó de nuevo su paseo, y se bebió dos copas de aguardiente.

—Estaba en un acceso de rabia. Sus ojos brillaron con furor; y su cara tomó un aire de tristeza que en él, sin duda, acompañaba a la ira, y entre puñetazos, y patadas, y grandes blasfemias, en las que aparecieron Cristo, la Virgen y el Copón, nos aseguró que íbamos a pagarla si fusilaban a los generales navarros.