—¿Y si yo le propusiera a usted hacer una gestión para salvar la vida de García?—preguntó Salvador, que estaba pálido como un muerto.

—¿Yendo adonde está Maroto, para quedarse allí?... ¡Ca!... No, no.

—Haciendo que venga a esta casa solo el conde de Negrí, dándome usted la palabra de que aunque no nos pusiéramos de acuerdo usted y yo, a él no le pasaría nada.

—Eso ya es otra cosa. Venga usted; hablaremos en otro cuarto.

Remacha tomó la botella de aguardiente en la mano.

Salieron Remacha y Salvador, y uno de los soldados fué siguiéndole a éste. Quedamos María Luisa y yo atados y vigilados por dos hombres, Miguelico el Tuerto e Ilundain. Miguelico el Tuerto era pequeño, negro, tostado por el sol; tenía una cara de vencejo; la nariz, afilada y corva, como un pico; las mejillas, hundidas; los labios, delgados; el pelo, negro, y la barba, crecida de varios días. Uno de sus ojos estaba vaciado; el otro brillaba en la órbita, como el de un águila.

Llevaba un traje de soldado roto y una boina vieja, y no abandonaba una carabina, que sin duda estimaba mucho.

Recordé a Gastibelza, el hombre de la carabina, el héroe de una canción de Víctor Hugo, cuyo nombre debió de tomar el poeta de Sagastibelza, el cabecilla carlista baztanés, que tuvo alguna fama a su muerte, ocurrida hacía dos años.

Ilundain era un hombretón fuerte; tenía los ojos brillantes y ávidos; la nariz, recta; la boca, dominadora, con el labio inferior prominente. Llevaba un capotón de soldado, boina pequeña, muy calada, y el pelo, negro, que le llegaba hasta los ojos. Todo esto le daba el carácter de un guerrero antiguo.

Estuvimos algún tiempo en silencio; María Luisa gemía; yo pensaba en mí mismo, como en otro, y hacía cábalas imaginando qué dirían mis amigos al saber mi desaparición.