Las hipótesis y comentarios que harían en Bayona mis amigos al saber mi desaparición me llenaban el espíritu. ¿Qué diría Aviraneta? ¿Qué diría Delfina? Iba a tener un final pintoresco entre aquellos foragidos como Remacha, Ilundain y Miguelico el Tuerto, el hombre de la carabina.

El lugar era también siniestro, negro, lleno de telarañas. El candil chisporroteaba y llenaba de humo espeso y acre la bodega. Yo miraba a los dos guardianes y a las negruras del sótano como quien contempla una decoración de teatro...


VIII.
LA ESCAPATORIA

De pronto sentí como la protesta del instinto vital. Había que hacer algo para salvarse.

—Sois unos brutos—dije a nuestros dos guardianes—: nos tenéis como si fuéramos cerdos. No creo que nos podamos escapar. Soltadme una mano, para que pueda fumar un cigarro.

Me desataron las manos y fumamos los tres.

—¿No podíamos beber un poco?—pregunté luego.

—¿Tú pagas?—preguntó Miguelico.