—Sí.—Saqué un duro.
—Ilundain, anda, ve tú por vino—dijo Miguelico—. Llévate la llave y luego devuélvemela.
Ilundain salió y vino poco después con una jarra grande y tres vasos. Yo llené uno y lo cogí en la mano.
—¿Por qué no traéis algo para comer?
—¿Qué quieres que traiga?
—Un poco de jamón o de queso.
Saqué otro duro.
—No; ya basta—dijo Miguelico rechazándome la moneda.
—Gente difícil de sobornar—pensé yo.
—El caso es—murmuró Ilundain—que hay que ir a la taberna de la plaza de Santiago, y andan por allí patrullas.