—¿No sabes el santo y seña?

—Sí. Julián, valor y subordinación; pero, ¿y si lo han cambiado...?

—¡Ca! No lo habrán cambiado. Ve si no a la taberna del Muturranga, de aquí cerca.

Ilundain salió del sótano. Entonces yo le dije a Miguelico:

—Suéltela usted un poco las manos a esta mujer. ¿Qué va a hacer? ¿Les va a matar? Es una vergüenza tratarla así.

—Sí, la soltaré un poco—dijo Miguelico.

Mientras se dedicaba a esa faena, María Luisa gimió. Yo saqué el frasquito del abate Girovanna y eché la mitad de su contenido en la jarra.

Volvió Ilundain con un trozo de jamón, queso, pan y la vuelta del duro.

María Luisa no quiso probar nada; yo comí jamón y queso y bebí el vino que me había echado anteriormente en mi vaso. Los dos hombres comieron y bebieron en abundancia.