El narcótico tardó mucho en hacerles efecto. De pronto, Ilundain dijo:
—Esta noche pasada no he podido dormir. Voy a descabezar un poco el sueño.
Yo hice como que echaba la cabeza en la pared y quedaba dormido. Miguelico el Tuerto, estaba en guardia, con su ojo de ave de rapiña, brillante; me miraba a mí, miraba también a la puerta, y, al último, puso un brazo sobre la mesa, inclinó la frente y se quedó inmóvil. Hice entonces un movimiento como involuntario para ver si se despertaba. No se despertó. En vista de la profundidad de su sueño le agarré por el pie a María con fuerza.
—¿Qué me quieren?—gimió ella.
—¡Silencio!—le dije yo—. Les he dado un narcótico a éstos. Ahora hay que escapar. ¿Puede usted levantarse?
—Sí—exclamó levantándose.
—Este Ilundain lleva un cuchillo en la faja. A ver si se lo puede usted sacar.
—¿Para qué?
—Para cortar nuestras ligaduras. Yo estoy atado, además, al banco, y no me puedo mover.
María Luisa se levantó, se deslizó por el banco, se acercó a Ilundain y le quitó el cuchillo de la faja. Ilundain suspiró en aquel momento.