María Luisa me dió el cuchillo y corté las cuerdas con que nos habían atado a los dos. En seguida registré el bolsillo de Miguelico, saqué la llave del sótano y le quité la bayoneta del cinturón. Después María y yo subimos las escaleras hasta la puerta, llevando en la mano: ella, el cuchillo de Ilundain; yo, la bayoneta de Miguelico.
Había en la puerta una gran cerradura mohosa, que seguramente iba a rechinar al dar la vuelta a la lengüeta. María quiso abrir la puerta inmediatamente.
—Hay que tener calma. Espere usted—le dije yo—; no vayamos tan de prisa.
Bajé las escaleras, cogí un resto de la grasa del jamón y lubrifiqué la llave y la cerradura. Cuando creí que lo estaban ya suficientemente, di una vuelta rápida a la llave, que chirrió con acritud, y abrí la puerta.
Ni Miguelico ni Ilundain se movieron. En esto, la vieja del candil se acercó. Yo la agarré del cuello y la dije:
—Si grita usted, la ahogo.
La mujer no resolló; abrí la puerta del sótano, empujé a la vieja hacia dentro y cerré por fuera con llave.
—Aquí lo único que nos puede salvar es la audacia—le dije a María Luisa.
Salimos corriendo hacia la puerta de la calle; pero estaba cerrada, y, por más esfuerzos que hicimos, no pudimos abrirla.
—Vamos a ver en la parte de atrás si hay salida.