Abrí una puerta pesada y aparecimos en un corral abandonado.
Era un corral pequeño, de tapias altas, con el suelo lleno de varias cosas, que a obscuras no se veían bien: tablones, barricas, cubos y restos de algún derribo.
Había en un rincón un emparrado medio deshecho.
Pensé que encontraría alguna escalera, y, efectivamente, había una, aunque rota. La coloqué en la pared, y subí por ella, primero sobre el emparrado y luego sobre la tapia.
Era la tapia toscamente construída, con piedras gruesas, sin cimentación. Daba a un camino.
—Suba usted—le dije a María—; se monta usted en la tapia; luego subiré yo, y a ver si entre los dos podemos echar la escalera al otro lado.
Dejé la bayoneta en el suelo y sujeté la escalera, de miedo de que se desbaratase.
Había subido María, ayudada por mí, a la tapia, cuando vi que Remacha se acercaba, armado de un sable y una pistola. Comprendí que no dispararía la pistola porque vendría gente, cosa que a él no le convenía. Yo quise coger la bayoneta, que había dejado en el suelo, para defenderme, pero no la encontré.
—Ríndete—me dijo Remacha.
—No.