Él levantó el sable; yo retrocedí al momento, pero el sable me alcanzó y me hirió con la punta en la frente.
Noté la sangre, que me mojaba la cara. Me refugié debajo del emparrado. Estaba allí más obscuro, y el emparrado era de poca altura. Remacha no podría allí manejar su sable. Miré otra vez al suelo para buscar mi bayoneta, y no la vi. Entonces, decidido, me lancé sobre Remacha y le agarré del brazo.
Yo tenía más fuerza que él, y sujetándole la mano derecha se la retorcí y le hice soltar el sable.
Él entonces me cogió del pelo, y yo a él del cuello.
Forcejeamos los dos, estrujándonos violentamente. Él me mordía, yo le golpeaba la cabeza sobre la pared. En esto él resbaló y cayó hacia atrás. Iba a levantarse, cuando una piedra grande, caída de la tapia, le dió en el pecho. El hombre ya no se movió.
—¿Es que le he dado?—preguntó María Luisa desde arriba.
—Sí.
—¿Y qué ha hecho?
—Ha caído.
—¿Muerto?