—No; sólo atontado.
No quise decírselo, pero creí que estaba muerto. Al momento escalé la tapia, y con una energía sobrehumana subí la escalera, medio rota, y la puse hacia afuera.
Estábamos en un camino que iba del convento de Recoletas hacia la ermita del Puy. No pude calcular qué hora sería. El cielo estaba estrellado. Debía ser algo más de media noche. Se oían próximos los alertas de los centinelas.
Salimos María Luisa y yo por la calleja de Belviste a la plaza de Santiago. En la plaza, a obscuras, había una patrulla que iba y venía a la luz de unas antorchas. Se oía de cuando en cuando el «¿Quién vive?» de los soldados. Tenía la noche un aire siniestro; no sabíamos si aquella patrulla era de amigos o de enemigos. En la duda, retrocedimos. Encontramos un portal abierto.
—¿Aquí podríamos pasar la noche?—pregunté yo a una vieja que apareció en el zaguán con una vela.
—Sí; pasen ustedes.
Seguimos a la vieja por el portal, subimos la escalera hasta un corredor largo y pasamos a una alcoba.
Aquella casa era una casa de citas.