IX.
TRIBULACIONES

Cuando vi en un espejo pequeño de la alcoba que tenía en la frente una hinchazón llena de sangre coagulada, me asusté; luego, al lavarme, vi que la herida de mi cabeza era larga, pero no profunda. María Luisa me vendó con un pañuelo. Yo le besé las manos y no protestó.

El cuarto en donde estábamos era una alcoba grande con un balcón a la calleja. Tenía un papel amarillo, rasgado en muchas partes, un sofá también amarillo, un espejo, la cama y un aguamanil.

—Échese usted en la cama; yo me tenderé en el sofá—le dije a María.

—No, no; usted está herido.

—No es nada; cogeré una manta y una almohada, y ya está.

Cogí la manta y me tendí en el canapé, que era duro como el corazón de un carlista.

—Ahora, acuéstese usted—le dije a María.

—No, no.

—¿Por qué no?