—No podré dormir—suspiró ella.

—Vamos, no sea usted niña—repliqué yo—. ¿No es usted una mujer fuerte? Quítese usted los zapatos y el abrigo, y se dormirá usted.

—No podré—murmuró ella sollozando.

—Vamos—dije yo—, le serviré de doncella.

Me levanté y le quité los zapatos, sin que ella protestara.

—Ahora, fuera el abrigo, y a dormir. Apague usted la luz.

—No, no.

—Como usted quiera.

—Si Carmona habla del plan de sublevación de Navarra y cuenta que yo se lo llevé al general García, me buscan y me matan.