—¿Para qué va a declarar una cosa que no le conviene? Además, Maroto es el que manda.

Me volví a echar en el canapé, y estuve dormido, o, por lo menos, atontado, una media hora. María Luisa seguía inquieta, agitándose en la cama y quejándose.

—¿No puede usted dormir?—le pregunté.

—No.

—¿Tiene usted algo? ¿Le duele la cabeza?

—No; no tengo nada. ¿Y usted, duerme?

—Yo he dormido un poco. La herida me empieza a doler y parece que hay ratas aquí.

—¡Qué situación, Dios mío!—exclamó ella.

—¡Qué le vamos a hacer! Peor nos veíamos hace un momento.

—Estamos bien—exclamó de pronto ella riendo con una risa nerviosa—. ¡Qué noche! ¡No va a pasar nunca! ¿Qué haríamos?