—Gamboa es amigo y agente de Calatrava, y éste es, a su vez, compadre de Mendizábal y de Gil de la Cuadra. Todos ellos son masones escoceses y enemigos míos, y me persiguen; no quieren que yo salga adelante en mis propósitos.

—¿Y qué le ha pasado a usted con Gamboa?

—Al llegar aquí, sin salir, sin hacer el menor alarde, he visto que la policía francesa me vigilaba como a un criminal. Cansado, he ido a ver al cónsul, le he mostrado mi nombramiento del Ministerio y le he dicho a qué venía. Gamboa ha examinado detenidamente mis credenciales, y he visto que ha quedado resentido.

—¿Por qué?

—Porque cree que vengo a quitarle atribuciones, a enmendarle la plana. Al día siguiente de mi visita a Gamboa, un empleado de la Subprefectura, amigo mío y de Iturri, un italiano, Pagani, me ha invitado a que vaya a allí a regularizar mi residencia y a visar el pasaporte. El subprefecto me ha sometido a un interrogatorio acerca del objeto de mi viaje, y me ha dicho que no puedo permanecer en Bayona.—Está bien—le he contestado yo—; entonces me iré. Al día siguiente ha venido a mi hotel el canciller del Consulado, Ignacio Vidaurreta, y me ha dicho que no puedo salir de Bayona. He ido a ver a Gamboa y hemos tenido un altercado. Ha aparecido la causa del resentimiento. Gamboa cree que el Gobierno le ha ofendido enviando una persona a su distrito para que dirija los asuntos políticos de la guerra como si él fuera un imbécil, y ha añadido que en su Consulado no puede haber más dirección que la suya, ni más agentes que los que él designe.—Eso, al Gobierno—le he replicado yo.—Al Gobierno y a usted—me ha contestado él—, porque mientras yo esté aquí en el Consulado, usted no podrá hacer nada.—Bueno; me iré a Perpiñán.—No irá usted, no le daré pasaporte.—Iré con el pasaporte de usted o sin él—le he contestado—. Así que me marcho en seguida hacia la frontera catalana. Si no puedo sostenerme allí, me iré a Madrid, pero tú seguirás aquí, porque es indispensable que tengamos en Bayona una persona de confianza. No te faltará el dinero necesario. El ministro o la reina darán para vivir. Aquí no creo que puedas perder el tiempo en absoluto. Si la cosa sale mal y no da resultado, habrás pasado unos meses en Bayona, habrás aprendido el francés, y eso será todo; si la cosa sale bien, habrá otras esperanzas.

—¿Tengo que cambiar de plan?

—No. Tú sigues en la fonda de San Esteban, y desde mañana buscas el piso para la casa de comisión. Doña Paca te indicará los mejores sitios y te ayudará a arreglar la oficina.

—Muy bien.

—Por ahora, amigo Pello, no te voy a dar un plan de campaña. Hazte amigo de toda la gente que puedas y de todas las mujeres que anden cerca de ti. No te enamores. Ya te basta con Corito. Una pequeña intriga amorosa bien llevada y sin escándalo, no está mal. Piensa que de que aquí puede salir tu porvenir. Respecto a tu amigo don Eugenio de Aviraneta, no hables nunca de él, ni para defenderle ni para atacarle. Tú no le conoces a ese señor.

—¿Respecto a los demás, no habrá que llevar tan lejos la prudencia?