—Sin embargo, acostúmbrate a hablar lo menos posible, sobre todo de política.
—No sé si podré.
—Habla de lo que hablen los demás; desconfía de asombrar a los otros con ideas originales y brillantes, y aprende a decir sólo lo que te convenga.
—Eso me parece muy difícil.
—¡Ah! ¡Claro! Eso no se consigue en seguida; pero tú tienes condiciones de diplomático, y ya te las arreglarás.
—¿Cree usted?
—Sí.
—¡Que sé yo!
—Naturalmente, como todos, tendrás tus tropiezos. La prudencia y la diplomacia no se improvisan: es cuestión de tiempo y de voluntad. De cuando en cuando recuerdas mi consejo, y cuando estés en camino de decir algo atrevido, piensas: ¿Si estaré diciendo una tontería? Si te hacen a ti una confidencia, guárdala lo mejor posible.
—Voy a matar en mí toda espontaneidad.