—¡Bah! ¿Cree usted que el espionaje va a llegar a tanto?

—¿Quién sabe? Viviendo en un hotel el espionaje es fácil. Tú, como yo, puedes tener enfrente el espionaje masón y el de los curas, que aquí, en Francia, lo dirigen las congregaciones en que se mueven los jesuítas.

Dicho esto, Aviraneta se despidió de mí.

LA OFICINA

Días después de marcharse don Eugenio alquilé un piso bajo en la calle del Puerto Nuevo, en los arcos, y puse una placa de metal en la entrada, con este letrero:

ETCHEGARAY Y LEGUÍA
CASA DE COMISIÓN

Del mobiliario de la oficina se encargó doña Paca Falcón, y le dió un aire muy elegante. Había dos armarios, una mesa tallada, un reloj magnífico de pared, varias sillas y una caja fuerte. Allí dentro me sentía un capitalista. Tomé un chico para abrir la puerta y llevar las cartas al correo. Este chico, Fernandito, hijo de un emigrado carlista andaluz, era un chico muy listo, sabía el francés bien y conocía todos los rincones de Bayona.

Las horas de oficina me las tenía que pasar escribiendo a la novia, mirando a las paredes y leyendo novelas.

La sociedad con Etchegaray, aquel ente de razón, como le llamaba Aviraneta, me llegó a veces a inquietar. Me preguntaron varias veces por Etchegaray, y había gente que pretendía conocerle, y que contaba anécdotas de su vida.

En las causas célebres de Gayot de Pitaval, que luego leí, en momentos de aburrimiento, encontré que un joyero francés de a principios del siglo xviii, de apellido vascongado, un tal Duhalde, hizo una sociedad nada menos que con Dios, para explotar el negocio de la joyería.