Luego, andando el tiempo, he visto que un prendero madrileño le ha imitado o ha tenido la misma idea que Duhalde, y ha fundado su sociedad nada menos que con Jesu-Cristo.
No sé si a Aviraneta se le ocurrió la sociedad con el fantástico Etchegaray por haberse enterado de la fundada por el joyero francés, o si fué el suyo un proyecto espontáneo de su imaginación de intrigante.
Ya después de montada mi oficina fuí al Consulado de España, en la plaza de Armas, a entregar a Gamboa la carta de recomendación que me habían dado para él. Gamboa me recibió un tanto fríamente y me preguntó qué parentesco tenía con Fermín Leguía. Le dije que era su sobrino. Luego me interrogó acerca de Etchegaray. Le conté la novela inventada por Aviraneta y por mí.
—¿Qué hace ahora Etchegaray?
—Está en España. Va a ir a América a realizar su fortuna.
Gamboa pretendía conocer a Etchegaray.
Unos días después, el canciller del Consulado, Vidaurreta, estuvo en mi oficina y quedó admirado al verla tan elegantemente puesta.
Por lo que supe después, tanto Gamboa como Vidaurreta se extrañaron de que un hombre tan sesudo como Etchegaray—¡se le consideraba sesudo!—hubiera dejado su negocio en manos tan inexpertas como las mías.