Algunos me hablaban de Etchegaray como de un hombre lleno de virtudes. Yo, al oírles, me reía; hoy no me río. La verdad es que era un hombre completo este ente de razón, como le llamaba Aviraneta.

¡Qué varón virtuoso! ¡Qué ejemplo de filosofía y de virtudes comerciales! ¡Qué modestia en sus aspiraciones! ¡Qué falta de amor propio!

No, con él no había miedo de que se empeñara terca y estúpidamente en defender sus opiniones; con él no había cuidado de que se acalorase hasta perder su serenidad.

Se le encontraba siempre tranquilo, siempre ecuánime. No se quejaba si se le abrían las cartas, ni si se firmaba con su firma; ni si se le echaba la culpa de un olvido o de una falta; no pedía cuentas del dinero gastado, ni se enfurruñaba, ni murmuraba, ni intrigaba.

Era el ideal del hombre y el ideal del socio. No le faltaba más que existir; pero, seguramente, si hubiera existido, no hubiera sido tan ideal.


VII.
LA VIDA EN BAYONA

Mi vida en Bayona era muy aburrida. Con las advertencias de Aviraneta me encontraba entre la gente cohibido. El miedo a la indiscreción me quitaba la espontaneidad natural.

Pasaba en la oficina ocho o diez horas al día.