Mocochain tenía la especialidad de los libros raros. Fuí a su tienda con frecuencia. Allí se reunían varios bibliófilos, la mayoría curas; entre ellos, el abate Miñano.

Miñano era hombre muy acicalado, muy elegante, de una gran facundia, y, como había vivido mucho y conocido muchas gentes, se manifestaba muy escéptico. Empleaba en la conversación frases maquiavélicas que, aunque no las hubiera inventado él, las usaba con gran oportunidad. Es más que un crimen: es una falta. Una victoria más como ésta, y estamos perdidos...

La librera, madama Mocochain, muy sonriente y muy joven, según las malas lenguas, no era una virtud muy sólida.

Fuí a la librería varias veces, al anochecer, y escuché lo que allí se hablaba, y me quedé asombrado de la cantidad de cosas desconocidas por mí: la historia antigua, la historia moderna, la literatura, el arte, la política, sin contar las ciencias, que no pretendía, ni aun siquiera someramente, enterarme de ellas. ¡Qué suma se podía hacer con mis ignorancias!

Tenía buen sentido y bastante buena memoria, y pensé en los procedimientos para cubrir mi desnudez mental de una manera decente. Como mi cultura era tan escasa discurrí el modo de adquirirla. Decidí que después de aprender el francés me dedicaría al inglés.

MIS LECTURAS

Abonado a la librería circulante de Mocochain y al gabinete de lectura de la plaza de Armas, me puse a leer de una manera frenética. Ya la vida en Bayona no me parecía tan aburrida, y muchas veces me faltaba el tiempo para las cosas más elementales.

Alternando con las novelas y los libros de historia me puse a leer biografías de hombres célebres para ver qué camino emprendieron en la vida tales hombres. La Biografía Universal, de Michaud, que entonces se acababa de publicar e iba dando suplementos, me sirvió mucho para mis planes.

Tomaba notas de todo lo que me chocaba en la lectura, y, como tenía buena memoria y mucha curiosidad y deseo de saber, me iba improvisando una cultura y marchaba camino de ser un polihistor.

LOS FRANCESES Y ESPAÑA